Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Tú?
—SÃ, y no por dinero. ¿Qué dices?
—Nada. ¿Quién es ella?
—AdivÃnalo.
—¿La conozco?
—AdivÃnalo.
—Me es imposible adivinar nada a las cinco de la mañana con un cerebro que se frÃe en mi cabeza como en una sartén. Si quieres proponerme enigmas invÃtame a comer.
—Entonces voy a hablar sin rodeos —dijo Stryver incorporándose—, y, sin embargo, no espero que me comprendas… ¡Eres tan insensible!
—¡Y tú —respondió Carton, ocupándose del ponche— tienes el corazón tan tierno! ¡Eres un hombre tan poético!
—Aunque mi carácter no es novelesco —replicó Stryver, riendo con satisfacción—, porque tengo demasiado criterio y elevada instrucción, soy más impresionable que tú.
—¿Es cierto? Tienes mucha suerte.
—Impresionable no es la palabra exacta; quiero decir que soy…
—Más galante con las damas. ¿Es eso lo que querÃas decir?