Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es más que una pena, señorita, es vergonzoso.
—¿Por qué no cambiáis de vida?
Lucie le dirigió una mirada llena de dulzura, y se quedó sorprendida al ver brotar lágrimas de sus ojos.
—No es posible ya —respondió Sydney con voz conmovida—; estoy condenado a caer de dÃa en dÃa a mayor profundidad en el abismo de mi miseria.
Apoyó el brazo en la mesa, se llevó la mano a los ojos, y no pudo reprimir los sollozos.
Después de algunos momentos de silencio, y sin necesidad de mirar a Lucie para darse cuenta de que estaba profundamente conmovida, añadió:
—Perdonad, Lucie, me falta el valor en el momento de revelároslo todo. Pero ¿os dignareis escucharme?
—Con mucho gusto si puedo consolaros, señor Carton.
—¡Bendita seáis por tanta compasión! —dijo, descubriéndose el rostro—. No temáis, no os asuste oÃrme —continuó con voz firme—. Ved en mà a un hombre muerto al iniciar el curso de sus dÃas y cuya existencia pudo haber sido muy feliz.
—No digáis eso, señor Carton; tenéis ante vos aún la parte mejor de la vida, y estoy segura de que seréis digno de vos, de que podréis vencer a vuestro destino.