Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Ah!, señorita —dijo, moviendo la cabeza—, lo único que podéis hacer es escucharme hasta que termine mi confesión. Habéis sido la última ilusión de mi alma y siento placer en decÃroslo. Por grande que sea mi depravación, no estoy tan degradado, y gracias a vos y a vuestro padre se han despertado en mà recuerdos que me parecÃan sepultados en el olvido. Desde que os vi, señorita, me atormentaron remordimientos de los que no me creÃa capaz; oigo el murmullo de antiguas voces que de no ser por vos seguirÃan en silencio, y tengo vagos deseos de luchar, de sacudir mi pereza, de salir de la senda de los excesos y de empezar otra vez a vivir. Todo esto no es más que un sueño, y al despertar me encuentro en el mismo sitio que antes; pero tenÃa necesidad de deciros que sois vos la que me ha hecho soñar.
—¿Por qué no aprovecháis tan buenas inspiraciones? Tened ánimo, señor Carton, y no cejéis en el empeño.
—No puedo, señorita, y soy indigno de vuestro interés. Sin embargo, tengo la debilidad de querer que sepáis que habéis tenido poder para transformar de pronto un montón de cenizas en un fuego ardiente que, no obstante, participando de mi pobre carácter, no da calor ni luz y se consume sin provecho para nadie.
—Pues asà tengo el pesar de haber aumentado vuestra desgracia…