Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No digáis eso, Lucie, porque me habrÃais salvado de haber sido posible mi salvación.
—Ya que, según decÃs, ejerzo en vos una influencia tan poderosa, permitidme que la emplee en beneficio vuestro, señor Carton. No sé si me entendéis, pero ¿tendré el poder de aumentar vuestro dolor sin conseguir prestaros un servicio?
—¡Oh! No… no, Lucie; vos me hacéis el único bien que puedo aún sentir. En medio de las locuras de mi existencia recordaré ciertamente que fuisteis la última persona a quien abrà mi corazón, y que habéis encontrado en él algo que os inspira pesar y compasión.
—Algo, señor Carton, que creo capaz de acometer cuanto hay más noble en la tierra.
—Os doy las gracias por vuestro error, que no puedo aceptar. Pero… perdonad… os estoy afligiendo. Una palabra tan solo: cuando me acuerde de esta conversación, ¿podré tener la certeza de que mi última confidencia reposa en el fondo de vuestra alma y de que nadie la sabrá?
—Os lo juro.
—¿Ni siquiera el hombre a quien améis como a vos misma?
—Es secreto vuestro y no mÃo —respondió Lucie después de un momento de silencio—, y prometo respetarlo.