Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Gracias… Dios os proteja. —Sydney aplicó sus labios a la mano de Lucie y se dirigió a la puerta—. No temáis —dijo retrocediendo— que vuelva a hablaros nunca de lo que os he dicho hoy. Ni siquiera haré la menor alusión. A la hora de mi muerte, renacerá el recuerdo sagrado, y bendeciré con toda mi alma a la mujer de quien me he despedido hoy por última vez y cuyo corazón indulgente no olvidará mi nombre, mis faltas y mis miserias.
Se parecÃa tan poco al Sydney que ella conocÃa y exponÃa tan bien todo lo que habÃa perdido y todo lo que quedaba aún por arrojar al viento de los excesos, que Lucie Manette lloraba amargamente sin disimular la compasión y el afecto que le inspiraba.
—Consolaos —dijo Carton—; no merezco vuestras lágrimas. Antes de dos horas los insondables hábitos, los viles compañeros que desprecio y que me arrastran, me harán menos digno de vuestra piedad que el miserable que cae en el arroyo. Pero, en el fondo del corazón, continuaré siendo para vos lo que soy ahora, lo que seré siempre. Creedlo, es la última súplica que os dirijo; no lo dudéis cuando mañana vuelva a ser lo que he sido hasta ahora.
—Os creo —balbuceó Lucie.