Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Jerry Cruncher, digámoslo en su descargo, no había tomado parte en la diversión final. Después del entierro del cadáver, se quedó en el cementerio lamentando los excesos de la multitud ante los conductores de los coches y, como le gustaba sin duda contemplar aquella morada de descanso, encendió la pipa y examinó las paredes y las puertas con la atención de un arquitecto.

—Has visto a ese Roger Cly —decía para sí—, le has visto con tus propios ojos, y recuerdas que era joven, robusto y bien formado.

Meditó algunos momentos, y se marchó con la idea de llegar a la puerta de Tellsone a la hora de cerrar el despacho pero, sea que sus meditaciones le hubieran removido la bilis, sea que llevara algunos días descontento de su salud, o que no tuviese otra intención que la de presentar sus respetos a un hombre de mérito, hizo una parada en casa de su médico, que era uno de los cirujanos más distinguidos de Londres.

El hijo de Cruncher, cuando este volvió, entregó al autor de sus días el puesto que interinamente ocupaba desde hacía algunas horas, declarando, sin embargo, que no se había producido ningún beneficio desde la ausencia de su propietario. No tardaron en salir los vetustos dependientes, se cerró el despacho, y los dos Jerrys, padre e hijo, volvieron a su casa para tomar el té.


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