Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Sé dónde está —dijo al entrar el señor Cruncher a su mujer—, y si por desgracia se frustran esta noche mis negocios de honrado comerciante, tendrás tú la culpa, porque estaré seguro de que con tus rezos has puesto a Dios contra mí, tan seguro como si lo hubiera visto.

La pobre mujer negó con desaliento.

—¿Te atreves a hacerlo en mis barbas? —repuso el tiránico Cruncher con cierta inquietud.

—No he dicho nada.

—No dices nada, pero piensas al menos, y si es contra mí lo mismo me da que sea de una manera que de otra. No quiero rezos ni meditaciones. ¿Oyes?

—Sí, Jerry.

—¡Qué contestación! —dijo Cruncher sentándose delante de su taza—. Sí, Jerry; eso es muy fácil de decir.

El marido no daba a estas palabras ninguna significación particular; era únicamente una manera irónica de expresar su mal humor, como hacen muchos maridos en iguales circunstancias.

—Te creo —continuó, tragando con esfuerzo un bocado de tarta—; te creo; haces bien en no decir no.

—¿Saldrás esta noche? —pregunto tímidamente su mujer cuando acabó de engullirse otro bocado.

—Sí, saldré.


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