Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Queréis que os acompañe? —dijo el muchacho, acercándose a su padre.
—No, no puedes venir; tu madre lo sabe muy bien. Voy a pescar.
—¿A pescar? ¿Cómo vais a pescar si tenéis la caña rota y sin punta los anzuelos?
—Eso no es asunto tuyo.
—¿Traeréis pescado?
—¡Quién sabe! Si la pesca no es buena, la comida será corta mañana —dijo el padre, moviendo la cabeza—. Y chitón, que no me gustan las preguntas.
El resto de la velada el señor Cruncher no quitó ojo a su mujer, y la obligó a tomar parte en la conversación para impedir que rogase a Dios contra el buen éxito de su empresa. Mandó a su hijo que le secundase en sus esfuerzos, y atormentó cruelmente a la pobre mujer insistiendo en las faltas que podÃa reprenderle y sin dejarle ni un minuto para la reflexión. Cruncher parecÃa un escéptico que no creyese en el alma y tuviera miedo a los duendes.