Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Los tres pescadores, seguidos del pilluelo, llegaron al pie de una pared de ladrillo que terminaba en una verja de hierro. La pared tenía unos tres metros de altura. Lo primero que llamó la atención del muchacho, que se había agazapado en un esquina, fue la figura de su honrado padre, claramente definida contra una húmeda y nublada luna, escalando la verja. No tardó en pasar al otro lado, ni tardaron el segundo y el tercero de los pescadores. Cayeron los tres suavemente al suelo, y allí se quedaron quietos un momento… tal vez aguzando el oído. Luego empezaron a arrastrarse sobre las manos y las rodillas.
El muchacho se acercó entonces a la verja. Cuando se hubo encaramado, contuvo el aliento, se acurrucó en un rincón y, mirando a través de los barrotes, vio a los tres hombres reptando por la hierba de un cementerio cuyas tumbas, vagamente alumbradas por la luna, parecían una legión de fantasmas dominados por la iglesia, parecida a su vez al espectro de un gigante monstruoso. Cuando llegaron al sitio que buscaban, los tres hombres se pusieron en pie y empezaron a pescar.