Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Aunque el muchacho adivinó qué objeto era aquel, el espectáculo era tan nuevo e inesperado que, al ver que su padre se disponía a abrir el ataúd, fue tal su terror que huyó a toda prisa y no se detuvo hasta haber corrido más de un kilómetro. De no haber sido por la necesidad de tomar aliento, es probable que no hubiera dejado de correr hasta llegar a su casa. El desdichado creía que lo perseguía el ataúd; lo veía continuamente a pocos pasos, que lo alcanzaba, que lo cogía por el brazo, y al mismo tiempo, a impulso del miedo que ponía ojos en todo su cuerpo, saltaba delante de él, salía de los caminos, de las alamedas, de las calles, de los rincones, de detrás de las esquinas, tropezaba con las puertas, rozaba con las paredes y, adquiriendo forma humana, parecía encogerse de hombros y hacer muecas en la sombra. El pobre muchacho tenía motivos para creerse medio muerto cuando llegó a la puerta de su casa, pero el odioso ataúd lo perseguía aún, subía la escalera, entraba en su cuarto, se metía entre las sábanas y, dando un último salto, volvía a caer sobre su pecho cuando cerraba los ojos.
Al amanecer despertó de su pesadilla con las voces que daba su padre en el cubículo de al lado. La empresa había fracasado: así lo dedujo al menos el muchacho cuando vio al señor Cruncher arrastrando a su mujer por las orejas diciéndole:
—Quien me la hace me la paga.