Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¡Jerry! —exclamaba la infeliz con voz suplicante.

—¿Por qué te empeñas en frustrar todas mis empresas? ¿Quieres mi ruina y la de mis socios? Tu deber es respetarme y obedecerme… ¿No lo sabes?

—Hago todos los esfuerzos para ser una buena esposa —respondió ella llorando.

—¿Es ser buena esposa impedir que me gane la vida? ¿Es honrarme despreciar mi comercio? ¿Es obedecerme poner obstáculos a todas mis iniciativas? Y tú habías jurado ser sumisa y respetuosa.

—En aquella época, Jerry, no tenías aún ese horrible oficio.

—¿Y a ti qué más te da? Bastante tienes que cumplir con tus obligaciones para que te mezcles en lo que hago o no hago. Una mujer que cumple como es debido con sus deberes no se ocupa del oficio de su marido. Dices que eres devota, y preferiría una mujer que no lo fuese. Tanto caso haces de tus deberes como la piedra de un palo, y veo que se necesita un martillo para que te entre en la cabeza el sentido de tus obligaciones.

Después de esta filípica pronunciada en voz baja, el honrado comerciante se quitó las botas llenas de barro hasta media pierna, se echó en el suelo y, apoyando la cabeza en sus manos manchadas de tierra y orín, no tardó en quedarse profundamente dormido.


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