Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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No hubo pescado para el desayuno, que fue excesivamente frugal.

El señor Cruncher estaba de tan pésimo humor que puso a un lado la tapa de la marmita para arrojársela a la cabeza de su pobre mujer por si esta manifestaba la menor tendencia a provocar sus iras. Se lavó, cepilló y vistió, sin embargo, como lo hacía todos los días, y salió de su casa para ir a ocupar su puesto en la puerta de la Banca Tellsone.

El muchacho seguía a su padre con el banquillo debajo del brazo en medio de los transeúntes que atestaban las calles, pero ya no era el mismo pilluelo aterrado que la noche anterior corría entre las sombras perseguido por un fantasma. La claridad del día le había devuelto su malicia y su descaro, sus terrores se habían desvanecido al mismo tiempo que las tinieblas, y es probable que desde este doble punto de vista no dejara de tener compañeros en la buena ciudad de Londres.

—Padre —dijo el astuto muchacho, a respetuosa distancia del autor de sus días y escudándose con el banquillo—, ¿qué es un desenterrador?

—¿Qué sé yo? —dijo Cruncher, parándose en la acera.

—Creía que lo sabíais todo —repuso el muchacho.


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