Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Un desenterrador —respondió Jerry Cruncher, quitándose el sombrero para dar más libertad a sus cabellos— es un comerciante como otro cualquiera.
—¿Qué género de comercio hace?
—Un comercio… de objetos artÃsticos —dijo Cruncher, rascándose la cabeza.
—Venden cadáveres, ¿no es verdad? —continuó el pilluelo.
—Tal vez.
—Padre, cuando sea hombre me haré desenterrador.
El señor Cruncher, aunque halagado por el deseo de su heredero, movió la cabeza como los moralistas y dijo en tono sentencioso:
—Eso dependerá de tus aptitudes y del desarrollo que sepas darles. Es preciso que cultives tu inteligencia y tengas cuidado de no hablar con nadie más que para decir las cosas verdaderamente indispensables. En cuanto a la destreza que exige ese comercio, veo desde ahora que eres apto para desempeñarlo dignamente.
El muchacho, encantado con este elogio paternal, corrió a colocar el banquillo en la puerta de la Banca Tellsone, mientras su padre decÃa para sÃ: «Jerry, honrado comerciante, puedes confiar en que tu hijo será el consuelo de tu vejez y te compensará de lo que te hace padecer su desnaturalizada madre».