Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La taberna de monsieur Defarge había abierto más temprano que los demás días. Desde las seis de la mañana, pálidos rostros pegados a las rejas de las ventanas habían visto en el interior otras caras macilentas inclinadas sobre sus vasos. Monsieur Defarge despachaba siempre un vinillo de ínfimo precio hasta en los años de abundante cosecha, pero nunca había sido tan malo como en aquella época; era una bebida indescriptible, agria y, sobre todo, irritante, a juzgar por el mal humor que infundía a los que la saboreaban. Ninguna llama báquica salía del zumo de vid que vendía Defarge, pero ocultaba en las heces de sus cubas un fuego siniestro que ardía en la sombra.
Hacía tres días que la taberna se llenaba al amanecer, y a decir verdad parecía que se iba allí, más que a beber, a hablar de asuntos graves. La mayor parte de los individuos que, saludándose en voz baja, habían entrado desde que abrieron la puerta no habrían podido dejar un ochavo en el mostrador para salvar su alma, y, sin embargo, se interesaban tanto por el objeto de la reunión como los que bebían y, pasando de una mesa a otra, recogían palabras en vez de vino y las escuchaban con atención.