Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades A pesar de tan inusitada concurrencia de parroquianos, no se hallaba en la taberna el amo, pero nadie le echaba de menos, nadie preguntaba por él ni le buscaba siquiera con la mirada. Ninguno de los que cruzaban la puerta se admiraba de ver a madame Defarge presidiendo la distribución de los vasos, al lado de una taza llena de monedas de cobre, deformadas, sucias, y cuya efigie primitiva estaba tan borrada como la efigie humana que las habÃa sacado del bolsillo. Los espÃas, que algunas horas después se introdujeron en la taberna como lo hacÃan en todas partes, desde el palacio real hasta la celda del convicto, vieron únicamente en los semblantes un aire indiferente o distraÃdo. Los jugadores de naipes eternizaban las partidas y los demás construÃan torres con los dominós o trazaban cifras con la punta del dedo en las mesas manchadas de vino. Madame Defarge, en su mostrador, dibujaba el patrón de sus mangas con la punta del mondadientes, y veÃa con los ojos bajos cosas invisibles para todos los demás.