Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El caminero abrió una boca de palmo y volvió a cerrarla haciendo rechinar los dientes.
—Continúa, Jacques —dijo monsieur Defarge.
—Toda la aldea —prosiguió el caminero, bajando la voz y alzándose sobre la punta de los pies—, toda la aldea vuelve a la fuente, donde cada cual emite su parecer; después, todo el mundo va a acostarse, y sueña con aquel desdichado que han enviado a la cárcel, de donde no debe salir más que para ser ahorcado. A la mañana siguiente, cuando salgo a trabajar con mis herramientas al hombro y comiendo mi ración de pan moreno, doy un rodeo y paso por delante de la cárcel. Está allÃ, con su pobre rostro ensangrentado y cubierto de polvo, pegado a los barrotes de hierro. Lleva aún los brazos atados, y no puede hacerme ninguna seña, pero sus ojos me miran como lo harÃa un cadáver.