Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Entonces vuelvo a trabajar a mi puesto del monte y el sol está a punto de acostarse otra vez. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea a descansar, cuando he aquí que alzo la mirada y veo que unos soldados suben por el camino. Son seis y en medio de ellos distingo un hombre, buen mozo, con los brazos atados… así… —El aldeano, con ayuda de su imprescindible gorro, representó a un hombre atado de codos por la espalda—. Me aparto a un lado, detrás de un montón de piedras, para ver a los soldados y al preso, porque el camino está tan desierto que de vez en cuando distrae ver pasar algún viajero. Se van acercando y, como os decía no ha mucho, son seis soldados con el buen mozo. Los siete me parecen casi negros, a excepción del que va por el lado donde se oculta el sol, que parece de color rojo. Sus sombras se prolongan sobre la pendiente, son como sombras de gigantes. Después veo que están cubiertos de polvo, y que el del camino se levanta en torno a ellos a cada paso que dan: ¡plan! ¡plan! ¡plan! Estoy seguro de que los oyen desde la aldea. Finalmente, cuando llegan a donde estoy yo parado, reconozco al preso, que me reconoce también a mí. ¡Pobre muchacho! ¡Qué contento se pondría si lo empujara cerro abajo como cierta tarde que lo encontré casi en el mismo sitio! —El caminero parecía hallarse aún allí y era evidente que la escena cuyos detalles explicaba se representaba ante sus ojos—. Como podéis imaginaros —prosiguió—, no digo delante de los soldados que conozco al preso, y él hace lo mismo, pero por la mirada entendemos los dos que nos hemos reconocido. «¡Alerta, muchachos!», dice el jefe a los soldados señalándoles la aldea. La tropa estrecha las filas para obedecer a su jefe y yo los sigo con las herramientas al hombro. Las cuerdas aprietan tanto al preso que tenía los brazos hinchados, los zapatos le pesan y lo obligan a cojear y, como esto le impide avanzar, lo empujan por la espalda con la culata de los fusiles. Lo derriban dos veces. Los soldados se ríen y lo ayudan a levantarse. ¡Si pudierais verlo! Tiene toda la cara ensangrentada y cubierta de polvo y, como no puede secarse con las manos atadas, parece un condenado en vida. Llegan por fin a la aldea, y todo el mundo sale a verlos. Pasan cerca del molino, llegan al cerro y se dirigen a la cárcel, cuya puerta se abre… ¡y se lo traga!


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