Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades HabrÃa sido difÃcil para un viajero de su origen encontrar en ParÃs una hospitalidad más lujosa y cómoda que la del tabernero y, a excepción del temor misterioso que le inspiraba la taberna, el género de vida que llevó en casa de los Defarge fue para él tan agradable como nuevo; pero la dueña de la casa, sentada todo el dÃa en el local, hacÃa tan poco caso de su presencia y parecÃa tan decidida a manifestar que ni siquiera reparaba en él, que se estremecÃa cada vez que sus ojos se posaban a su pesar en aquella mujer impasible. ¿En qué estaba pensando? ¿Quién podrÃa explicar lo que imaginarÃa ni lo que trataba de hacer? «No dudo —decÃa para sà el campesino— de que si se le antojase afirmar que me habÃa visto matar a un hombre, no vacilarÃa en nada y me verÃa ahorcar sin despegar los labios.»
Asà pues, cuando llegó el domingo, nuestro caminero no quedó muy satisfecho al ver que madame Defarge lo acompañaba a Versalles. ¿Cómo no habÃa de turbarse teniendo a su lado en el coche público a aquella mujer que sacó la labor y empezó a trabajar sin levantar la mirada? ¿Cómo no habÃa de desconcertarse más y más al encontrársela también a su lado entre la multitud sin que la inminente aparición del rey pudiera distraerla de su sempiterno punto?
—¡Con cuánto afán trabajáis, señora! —le dijo uno de los que estaban a su lado.