Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Tengo que trabajar mucho —respondió madame Defarge.

—¿Puede saberse a qué destináis esas fajas de punto?

—A muchas cosas.

—¿Qué cosas son esas?

—Sudarios.

El curioso se alejó de la tabernera en cuanto le fue posible, y el caminero sintió un calor tan extraordinario que se vio obligado a abanicarse con su gorro azul.

Sin embargo, pocos momentos después le distrajo de su terror un espectáculo que tenía para él muchos atractivos. Aparecieron entonces en su carroza dorada el rey de robustas mandíbulas y la reina de hermoso rostro, seguidos por una multitud de brillantes señores y de damas risueñas y elegantemente ataviadas, y al ver tantas alhajas, penachos, seda, esplendor, belleza, rostros desdeñosos y miradas insolentes, el caminero sintió un vértigo deslumbrador y gritó en medio de su entusiasmo: «¡Viva el rey! ¡Viva la reina! ¡Vivan los nobles! ¡Vivan todos!», como si nunca hubiera oído decir que existieran pobres Jacques.


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