Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Tanto le fascinaron aquellos jardines, aquellos patios, aquellas galerías, aquellas flores y aquellas fuentes que, después de contemplar al rey, a la reina y a toda su comitiva y de gritar: «¡Vivan todos!», acabó por llorar de admiración, y en las tres horas que duró el espectáculo no cesó de vitorear, mientras el tabernero le contenía agarrándole de la blusa, como para impedir que se arrojase sobre los objetos de su culto y los hiciera pedazos.

—¡Bien! ¡Muy bien! —le decía Defarge, dándole golpes en el hombro—. Eres un buen muchacho.

Cuando volvió en sí, el campesino empezaba a creer que tal vez se había equivocado y que sus manifestaciones habían sido una falta, pero Defarge le decía al oído:

—Has obrado bien, amigo mío; los hombres de tu carácter les hacen creer que esto durará mucho tiempo y, por lo tanto, estarán más tranquilos y todo acabará antes.

—Es verdad —dijo el caminero, pensativo.

—No sospechan nada esos locos orgullosos que te desprecian; darían muerte a cien de tus iguales antes que a uno de sus caballos o de sus perros, pero creen lo que les dicen y no saben más. Continúa engañándolos, amigo mío, continúa; es necesario que la ilusión los ciegue.


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