Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Estás cansado? Es el olor de todos los dÃas; aquà no hay otro.
—En efecto —dijo el marido—, estoy un poco cansado.
—Y no menos abatido —observó la mujer, cuya mirada no estaba tan absorta en sus cuentas como para no dirigirse de vez en cuando hacia su marido—. ¡Oh! ¡Los hombres! ¡Los hombres!
—Pero querida…
—No hay pero que valga —dijo la tabernera, interrumpiéndole y moviendo la cabeza con energÃa—; te conozco, te acobardas.
—¿Y por qué no? —dijo el tabernero con decisión—. ¡Hace tanto tiempo que dura esto!
—¿Tanto tiempo? —repuso su mujer—. La venganza tarda en preparar sus medios, y exige tiempo… mucho tiempo. ¿Quién lo ignora?
—¡Se necesita tan poco para aniquilar a un hombre! —dijo monsieur Defarge.
—¿Cuánto se necesita para formar una tormenta? —preguntó la tabernera con calma.
Monsieur Defarge alzó la mirada, pensativo.
—Un terremoto puede tragarse una ciudad en menos de unos minutos —continuó la mujer, sin conmoverse—, y ¿cuánto tiempo se ha necesitado para preparar la catástrofe?
—Siglos tal vez —murmuró el tabernero.