Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La taberna estaba cerrada porque eran las doce de la noche, y el matrimonio entró por una puerta interior. Madame Defarge se dirigió inmediatamente al mostrador, cogió las monedas que se habían recaudado en su ausencia, contó las botellas que quedaban, examinó los licores, comprobó el registro, apuntó varios artículos, hizo algunas preguntas al dependiente y lo mandó por fin a acostarse. Vació después la taza que contenía los ingresos del día y colocó el dinero en una serie de nudos que hizo en el pañuelo con objeto de llevárselo a su aposento para mayor seguridad. Su marido se paseaba mientras tanto de una punta a otra del local con la pipa en la boca y admiraba las actividades de su mujer, pero sin intervenir en ellas. Es forzoso añadir que así pasaba la vida, sin ocuparse de su comercio ni de sus asuntos domésticos.

La noche era cálida y la taberna, con las ventanas cerradas y en medio de un barrio tan sucio, apestaba. El aparato olfativo de monsieur Defarge no era muy delicado, pero su vino tenía más hedor que sabor, así como el aguardiente y el ron que vendía, y, sofocado por esta mezcla de olores inmundos, los expulsaba lanzando con fuerza el humo que le llenaba la boca. Luego dejó la pipa sobre la mesa.

Su mujer alzó la mirada y le preguntó, sin dejar su tarea:


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