Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Pero, cuando llega la hora, la tierra estalla y no queda vestigio de lo que existía antes. Hasta entonces todo se preparaba sin descanso, aunque nadie pudo verlo ni oírlo. Esto debe sostenerte y consolarte. —Y, estrechando el nudo del pañuelo, sus ojos centellearon como si hubiera ahogado a un enemigo—. Te aseguro —continuó, tendiendo la mano para dar más fuerza a sus palabras—, te aseguro que a despecho del tiempo que tarda en llegar va acercándose la hora de la justicia. Mira a tu alrededor, examina el rostro de los que conoces y verás el descontento y la rabia que fermentan y crecen de día en día en el corazón del pueblo oprimido. ¿Puede durar este estado? No, no; tu desaliento me inspira lástima y vergüenza.

—No lo dudo, mujer animosa y heroica —dijo el tabernero, que, en pie delante del mostrador, la cabeza baja y las manos cruzadas a la espalda, parecía un discípulo sumiso que tiembla ante su maestro—, pero está muy lejano ese día. ¿Es posible que llegue antes de nuestra muerte?

—¿Y qué más da? —exclamó madame Defarge, estrechando otro nudo como si hubiese ahogado a otro enemigo.

—En ese caso —dijo su marido, encogiéndose de hombros con una expresión en la que la queja se unía a la excusa—, en ese caso no veremos el triunfo.


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