Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Será posible? —dijo en voz baja el tabernero, sin dejar de apoyarse en la silla de su mujer, y bajando la mirada hacia ella—. ¿Crees que será verdad que se casan?
—La noticia es probablemente falsa si se considera quién nos la ha dado, pero no es imposible.
—Si fuera cierta… —dijo el tabernero.
—Si fuera cierta… ¿qué? —repitió su mujer.
—Y si la victoria ha de conseguirse antes de nuestra muerte, espero que por consideración a su esposa el destino no permita que el marqués vuelva a poner los pies en Francia.
—El destino —observó madame Defarge con su calma habitual— conducirá al marido de Lucie Manette a donde debe venir, y le impondrá la muerte que merece.
—Pero ¿no es extraño, muy extraño —dijo el tabernero, esforzándose en convencer a su mujer del capricho de la suerte—, que, con la simpatÃa que hemos manifestado a su padre y a ella, el nombre de su marido quede proscrito por tu propia mano y unido al de ese perro maldito que acaba de salir?
—Cuando llegue la hora, se verán cosas más extrañas aún —respondió la tabernera—. Es cierto que he puesto aquà sus dos nombres, pero no sin motivo. No necesitas saber más.