Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Y continuó su labor de punto después de quitarse la rosa de la cabeza.
No sabemos si los habitantes de Saint Antoine sabían por instinto cuándo cambiaba de sitio esa flor o si estaba al acecho alguno de ellos para observar el cambio, pero lo cierto es que, apenas se quitaba la rosa madame Defarge, recobraban el ánimo y la tabernera volvía a ofrecer su aspecto habitual.
Al anochecer, cuando el barrio, volviéndose como una media, se sentaba en el dintel de las puertas y en las ventanas, se arrimaba a las paredes, o se repartía por las esquinas para respirar un aire más puro, madame Defarge salió con su labor y fue de grupo en grupo hablando en voz baja, pero supliendo con el brillo de su mirada el fuego que no podía exhalar con la energía de su tono.
Todas las mujeres hacían punto pero, aunque su trabajo tenía un valor insignificante, aquella tarea mecánica les hacía olvidar el hambre; las manos se movían en vez de las mandíbulas y funcionaban en lugar del aparato digestivo. Si los dedos hubieran estado ociosos, el estómago habría alzado la voz pidiendo alimento. Al mismo tiempo que los dedos, se agitaban el pensamiento y la mirada y, mientras madame Defarge iba de un grupo a otro, los dedos y el pensamiento corrían más deprisa y eran más brillantes los ojos de las mujeres a quienes había dirigido la palabra.