Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Era un hombre metódico y arreglado, o al menos lo parecía; con una mano en cada rodilla, como si prestase atento oído al tictac sonoro del grueso reloj que debajo de su chaleco medía la fuga del tiempo, parecía oponer su edad y su gravedad a los caprichos y al carácter efímero de las llamas. Tenía las piernas bien formadas y los pies, pequeños y elegantes, de lo cual, según creo, estaba orgulloso, porque sus medias de seda eran finas, nuevas y estaban tirantes sobre la piel, y sus zapatos indicaban igual esmero, pues, si bien las hebillas no eran de mucho valor, tenían en cambio una forma elegante; la camisa, aunque no de una finura equiparable a la riqueza de las medias, podía competir en blancura con la espuma de las olas. Cubría su cabeza una peluca rubia, rizada, lustrosa y bien ajustada que tenía la pretensión de representar cabellos que se hubieran tomado por seda o cristal hilado. Debajo de la graciosa peluca asomaba un rostro hábilmente impasible, pero animado por dos ojos brillantes y vivos, que probablemente en otro tiempo requirieron de su dueño gran energía y fuerza de voluntad para darles la calma y la reserva exigidas por la Banca Tellsone. Las mejillas tenían el tinte rosado de la salud, y el resto de la cara, aunque con algunas arrugas, no delataba indicio alguno de violentas pasiones. Tal vez los viejos solterones, empleados de confianza de la Banca Tellsone, no tenían los disgustos de los demás, y es posible que las preocupaciones de segunda mano, como la ropa de segunda mano, no sean muy duraderas.


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