Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Lucie sintió estremecerse otra vez todo su cuerpo, pero nada justificaba su emoción porque el doctor comparaba los tormentos del pasado con la felicidad presente, y no podían sorprenderle sus palabras.

—La contemplé mil veces pensando en el hijo que no había visto nacer —continuó el doctor—. ¿Había vivido? ¿Había muerto en el seno de su madre después de recibir un golpe tan doloroso? ¿Sería un hijo que algún día me vengase? Hubo una época en que la sed de venganza tenía para mí en el calabozo una fuerza inexplicable. Pero, suponiendo que fuera un hijo, ¿sabría mi historia? ¿Creería que había partido libremente, que lo había abandonado? Y, si era una hija, ¿crecería hasta llegar a ser mujer? —Lucie se acercó al doctor y le besó la mejilla y la mano—. Mi hija, pensaba, olvidará que tiene un padre, lo ignorará tal vez, vivirá sin pensar en él, se casará con un hombre para quien seré completamente desconocido, que no sabrá que estoy preso, y la próxima generación ni siquiera verá un vacío en el sitio que ocupaba.

—Padre mío, saber que pensabas en una hija que no existía me llega al corazón, como si yo hubiera sido esa hija.

—¡Tú, Lucie! No, tú me has dado consuelo y la conciencia con que evoco esos recuerdos que pasan entre nosotros y la luna en esta última noche… ¿Qué decía, hija mía?


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