Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Que tu hija no te conocerÃa, que olvidarÃa a su padre…
—SÃ, ya me acuerdo. Pero otras veces, cuando la soledad y el silencio me dispensaban ese doloroso sosiego que se halla en el fondo de la desesperación, la luna me producÃa una impresión diferente. Me imaginaba a mi hija entrando en mi calabozo, llevándome consigo y restituyéndome el aire y la libertad. VeÃa con frecuencia esa imagen como te veo hoy, pero ella no me abrazaba, se quedaba entre la puerta y las rejas de la ventana. Sin embargo, ahora lo comprendo; no era mi hija.
—¿No era su imagen?
—No; era otra cosa. La veÃa con mis ojos empañados de lágrimas, pero ella no se movÃa. El fantasma de mi fantasÃa era el de una hija menos ideal. No le veÃa el rostro y únicamente sabÃa que se parecÃa a su madre. Se le parecÃa también como tú, hija mÃa, pero no era la misma. ¿Puedes comprenderme, Lucie? No puedes, ¿verdad? Hay que haber estado mucho tiempo solo en el fondo de un calabozo para comprender estas distinciones imposibles de explicar.
A pesar de lo mucho que se dominaba, notó que la sangre se le helaba en sus venas mientras se esforzaba en analizar sus antiguas impresiones.