Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —En esos momentos de paz —dijo— me imaginaba al resplandor de la luna que mi hija venÃa a buscarme, y que me sacaba de ahà para demostrarme que su casa estaba llena de mi recuerdo. TenÃa mi retrato en su habitación, decÃa mi nombre en sus oraciones, su vida era laboriosa, útil y risueña y, sin embargo, mi triste historia lo impregnaba todo.
—Esa hija, padre mÃo, era yo; no tengo sus virtudes, pero he tenido todo su amor.
—Me enseñaba a sus hijos —continuó el doctor—, los cuales conocÃan mi nombre y habÃan aprendido a compadecerme, al punto de que, cuando pasaban por delante de una prisión del Estado, se apartaban de sus muros sombrÃos, alzaban la mirada a las rejas de las ventanas y hablaban en voz baja. Ella no podÃa, sin embargo, liberarme porque la encontraba otra vez en mi calabozo, y me figuraba que, después de haberme enseñado todo aquello, me conducÃa nuevamente a la cárcel. Pero, gozando entonces del beneficio de las lágrimas, caÃa de rodillas y la bendecÃa.
—Era yo, padre mÃo. ¡Oh! ¿Me bendecirás mañana con igual fervor?