Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Si evoco estos tristes recuerdos es porque esta noche tengo, hija mía, más motivos para amarte y para dar gracias a Dios por mi felicidad. Nunca, en mis pensamientos más delirantes, soñé con la alegría que me has hecho sentir, y mucho menos con la que nos promete el porvenir.

La besó con ternura, la encomendó al Señor con emoción, dio gracias al cielo por habérsela enviado, y algunos momentos después padre e hija entraban en la casa.

Nadie había sido invitado a la boda a excepción del señor Lorry, y la novia no tenía otra dama de honor que la señorita Pross. Nada había cambiado en los hábitos de la familia; los novios no se separarían del doctor, y para que este proyecto fuese más realizable, habían alquilado el piso superior, que hasta entonces ocupaba un inquilino invisible.

El doctor estuvo muy alegre durante la cena. A la mesa eran solo tres, y la señorita Pross uno de ellos. El doctor lamentó que Charles no se hallase presente, censuró la conspiración que había alejado al joven y bebió de la manera más afectuosa a la salud de su futuro yerno.

Llegó el momento de dar las buenas noches a su hija y se separaron. A las tres de la mañana, agitada Lucie por vagas inquietudes, salió de su dormitorio y entró en el de su padre.


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