Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Su temor habÃa sido infundado, porque reinaba la mayor tranquilidad y el orden más completo en el cuarto, y el doctor dormÃa un profundo sueño. La almohada, donde sus canas se esparcÃan en rizos pintorescos, no tenÃa una sola arruga, y sus manos estaban tendidas con calma sobre el cobertor. Lucie, después de apartar la luz, se acercó a la cama, le besó en la mejilla e, inclinando su cabeza, contempló al anciano.
Las amargas lágrimas del preso habÃan surcado de arrugas su hermoso rostro, pero él borraba sus huellas con tanta fuerza y constancia que las disimulaba hasta en el sueño. Aquella noche no habrÃa podido encontrarse, en los inmensos dominios del sueño, un semblante más calmado, decidido y seguro en su lucha contra un enemigo invisible.
Lucie puso tÃmidamente la mano sobre aquel pecho venerado, y pidió al Señor que le inspirara todo el afecto que él merecÃa por sus padecimientos. Retiró la mano, volvió a besar su mejilla y se retiró a su alcoba. Y asà llegó el dÃa, y la sombra de las hojas del plátano se movió con tanta suavidad sobre el rostro del doctor como los labios de su hija al rezar por él.