Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Llorabais hace un momento. ¿Creéis que no lo he visto? Pero eso nada tiene de extraño; ¿quién no llorarÃa de alegrÃa al ver este pimpollo de oro? Además, confieso que me ha enternecido el regalo que le habéis hecho, señor Lorry. Vuestra vajilla de plata es magnÃfica.
—Gracias —dijo el señor Lorry—. Y tenéis que saber que jamás habrÃa imaginado que llegarÃa el dÃa en que podrÃa hacer un regalo asÃ. Un acontecimiento como el de hoy le recuerda a un hombre todo lo que ha perdido. Cuando pienso que hace cincuenta años que hubiera podido existir en el mundo una señorita Lorry, y que…
—Eso es imposible —dijo la señorita Pross, interrumpiéndole.
—¿No creéis que hubiera podido existir una señorita Lorry?
—No —repuso el aya.
—¿Por qué?
—Porque nacisteis para ser soltero.
—Es probable —dijo el señor Lorry, arreglándose la peluca con coqueterÃa.
—Y estabais destinado a serlo aun antes de nacer —añadió la señorita Pross.