Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Lorry no pudo arrancarle una palabra. El doctor levantaba la mirada cuando se lo mandaban, pero era incapaz de responder, y trabajaba, trabajaba en silencio. Todo cuanto podían decirle rebotaba en sus oídos como sobre una pared sin eco y se dispersaba en el aire. Un único rayo de esperanza al que el señor Lorry podía agarrarse era que el doctor alzaba a veces los ojos furtivamente sin que se lo mandasen. Su mirada parecía expresar entonces curiosidad o inquietud, como si se esforzase en comprender ciertas dudas que cruzaran por su cabeza.
Al señor Lorry dos cosas le parecieron indispensables: la primera, ocultar completamente la recaída a Lucie; la segunda, ocultar completamente la recaída a los amigos y conocidos del doctor. Así pues, con la colaboración de la señorita Pross, se respondió a las personas que acudían a consulta que el doctor se hallaba indispuesto y que su estado exigía un reposo absoluto. El aya escribió además una carta de cuatro páginas a Lucie anunciándole que su padre había sido llamado a una consulta a más de setenta y cinco kilómetros de Londres, y volvió a escribir al cabo de tres días diciendo que acababa de recibir algunas líneas suyas pidiéndole varios objetos y encargándole que dijera a su querida hija que se encontraba bien.