Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Con la esperanza de que la curación del doctor estuviera próxima, el señor Lorry, que tenía en reserva un medio al que se proponía recurrir cuando llegara el caso, tomó la resolución de cuidar al enfermo y hacerlo de un modo que este conociera que lo vigilaban. Se ausentó, pues, del despacho de Tellsone por primera vez en su vida, y fue a instalarse en el cuarto de Soho Square, cerca de la ventana.

Desde el primer día concluyó de que no solamente era inútil dirigirle la palabra, sino que hablarle era para él una fatiga y un tormento y, decidiéndose entonces a guardar silencio, se contentó con plantarse delante del anciano para protestar con su presencia contra el error en que este había caído, aunque por otra parte leía, escribía, se cambiaba de sitio y hacía todos los esfuerzos para demostrar al preso imaginario que se hallaba completamente libre.

El doctor comió y bebió, ese primer día, todo lo que le dieron, y después volvió a su trabajo y no lo dejó hasta que se hizo de noche. Cuando dejó a un lado sus herramientas, como si no pudiera servirse de ellas hasta el día siguiente, el señor Lorry se acercó a él y le preguntó si quería dar un paseo.

El doctor miró al suelo como en otro tiempo, alzó los ojos sin mirar y repitió con voz débil:

—¿Un paseo?

—Sí, doctor, ¿quién os lo impide?


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