Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El anciano alzó la cabeza, miró al señor Lorry con cierta curiosidad, como enojado de que le dirigiesen la palabra, y continuó trabajando. Se había quitado la casaca y el chaleco, llevaba la camisa abierta por el pecho como era su costumbre cuando se dedicaba a esa labor; su rostro marchito había recobrado la expresión adusta de los años de su desgracia, y trabajaba con ardor y hasta con impaciencia, como para reparar el tiempo que le había hecho perder la interrupción de su amigo.

El zapato que parecía querer terminar tenía una forma antigua. El señor Lorry cogió otro que había en el suelo, y le dijo:

—¿Qué clase de zapato es este?

—Un zapato de mujer, un zapato de calle —murmuró el anciano, sin apartar los ojos del trabajo—; hace mucho tiempo que debía estar terminado, no me estorbéis.

—¡Doctor Manette, miradme!

Obedeció con la sumisión pasiva del preso, pero sin interrumpir el trabajo.

—¿Me conocéis, amigo mío? Reunid vuestros recuerdos, reflexionad, doctor. Ese trabajo es indigno de una persona como vos, doctor Manette.


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