Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Vencido por el cansancio y la inquietud, pero sin abandonar su puesto, el señor Lorry había llegado a dormirse. La claridad del día que brillaba en la sala, donde reinaba la oscuridad cuando le había sorprendido el sueño, le despertó bruscamente. Era el décimo día de su cruel espera.
Se frotó los párpados para despertarse, se acercó a la puerta, echó una ojeada al gabinete del doctor y se imaginó que soñaba, porque no solo estaban las herramientas del zapatero, el banquillo y el zapato en el rincón donde los habían dejado la noche anterior, sino que el doctor Manette estaba cerca de la ventana leyendo con atención, vestido con bata y expresando en su rostro pálido la calma y la inteligencia.
El señor Lorry tuvo que apoyarse para no caerse en su vértigo; estaba seguro de que no dormía, y empezaba a creer que todo lo que había padecido esos nueve días no había sido más que una horrible pesadilla. ¿No tenía allí, justo delante, al padre de Lucie con el traje que llevaba todas las mañanas, con su aspecto y su ocupación habituales? ¿Veía en el gabinete el menor indicio de aquel acto de demencia del que conservaba una impresión tan viva?