Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Querido amigo —continuó por fin el señor Lorry con el tono más discreto y afectuoso—, soy un hombre de negocios, incapaz como sabéis de luchar contra tales inconvenientes; no cuento con el saber ni con el talento necesarios; necesito un guÃa, y no conozco a nadie que me inspire sobre este punto tanta confianza como vos. Responded a mis preguntas: ¿cuál ha sido la causa de esa recaÃda? ¿Debo temer que se repetirá? ¿Puede impedirse que tenga otras? ¿Qué tratamiento podrÃamos seguir si asà sucediera por desgracia? Nadie ha sentido más vivo deseo de ser útil a un amigo como yo por la persona de quien os hablo, pero ignoro el medio. Si vuestros conocimientos y experiencia me ayudaran, estoy segurÃsimo de que lo conseguirÃa pero, abandonado a mi propia suerte, ¿qué queréis que haga? Dadme, pues, vuestro consejo para que pueda ser útil a mi amigo.
El doctor, con una actitud que revelaba reflexión, estuvo algún tiempo sin responder.
—Es probable —dijo al fin, rompiendo el silencio con esfuerzo— que vuestro amigo previera esa recaÃda de la que habláis.
—¿La temÃa? —preguntó el señor Lorry.
—SÃ, mucho —dijo el doctor, estremeciéndose involuntariamente—; no podéis ni imaginar qué peso tan horrible es para su alma ese temor, y cuán difÃcil, por no decir imposible, le serÃa explicar la angustia que le oprime.