Historia de dos ciudades

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—Tengo confianza en el porvenir —repuso el doctor, recobrando su firmeza—, al ver que Dios ha permitido en su misericordia que esta crisis no fuese más larga; así pues, podéis confiar. Vuestro amigo ha sucumbido bajo el dolor que reanimaban las circunstancias, no ha podido resistir a la presión de los hechos y las tinieblas han penetrado en su cabeza; pero, habiéndose curado tan pronto, espero que no haya nada que temer.

—Me dais un gran consuelo y doy gracias a Dios —exclamó el señor Lorry.

—Sí, demos gracias a Dios —repitió el doctor, inclinándose con respeto.

—Hay dos puntos más sobre los cuales quisiera que aclaraseis mis dudas —continuó el banquero—; ¿me permitís que…?

—No podríais prestar mayor servicio a vuestro amigo —dijo el doctor Manette, interrumpiéndole y tendiéndole la mano.

—Continuaré, pues: el hombre notable del que hablamos es en extremo laborioso y emplea en sus tareas una energía poco común; deseando incesantemente acrecentar su instrucción, estudia sin descanso, hace numerosas investigaciones, se dedica a diversos experimentos; en una palabra, tiene la imaginación constantemente absorta en algún profundo problema. ¿No hay un peligro en este exceso de trabajo?


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