Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Creo que no; la Ãndole de su inteligencia exige tal vez que esté siempre ocupado. Esa necesidad imperiosa, que le es natural, ha crecido extraordinariamente por culpa de sus penas, y cuanto menos ocupadas estén sus facultades intelectuales en el estudio, más habéis de temer que se entreguen a ideas perniciosas y tomen un mal camino. Vuestro amigo habrá podido hacer esta observación y convencerse de su exactitud.
—¿Creéis, pues, que le conviene el estudio?
—Lo creo con certeza.
—Sin embargo, amigo mÃo, ¿y si el trabajo llegase a ser superior a sus fuerzas?
—Dudo de que esto suceda, querido Lorry. Toda la energÃa de ese hombre ha sido impulsada con violencia hacia un punto, y necesita un contrapeso.
—Perdonad que presente una objeción, doctor: soy, como sabéis, eminentemente práctico y dotado de esa constancia que se adquiere en los negocios. Supongamos por un momento que el trabajo haya superado a sus fuerzas: ¿creéis que el trastorno que de tal situación se derivara se manifestarÃa en un nuevo ataque de la antigua enfermedad?