Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Pero no es posible pensar… —observó el señor Lorry—; perdonad mi insistencia de hombre de negocios, acostumbrado a no tener relaciones más que con objetos materiales, con libras esterlinas y billetes de banco, ¿no es posible suponer que la conservación de la herramienta implica la conservación de la idea? Si el instrumento dejara de estar a la vista, ¿no se desvanecerÃa al mismo tiempo el temor de que hablabais no hace mucho? En una palabra, ¿no indica esa fragua un presentimiento fatal?
Reinó un profundo silencio.
—¡Es un compañero tan antiguo! —dijo por fin el doctor con voz trémula.
—Sin embargo, yo me separarÃa de él —repuso el hombre de negocios con un gesto afirmativo y redoblando su firmeza al ver la turbación del doctor—. SÃ, quisiera pedir a mi amigo que hiciera este sacrificio, y solo espero ya una palabra de su boca. Estoy seguro de que esa fragua le es fatal. Asà pues, sancionad mi deseo con vuestra autoridad, mandadle que se separe de ella, doctor… hacedlo por su hija, amigo mÃo.
La intensa lucha que se producÃa en el alma del doctor Manette era un espectáculo curioso.