Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Aquella misma mañana el barrio de Saint Antoine había sido una sombría masa de espantajos empujándose unos a otros, con algunos puntos de luz sobre sus cabezas hinchadas, y hojas de acero y bayonetas brillando al sol. Un rugido espantoso salió de la garganta del santo patrón, y se alzó un bosque de brazos desnudos como ramas marchitas agitadas por el viento de invierno, y todas aquellas manos ávidas se habían apoderado de armas, o de cualquier cosa que se pareciera a un arma, sacadas de las profundidades, cuanto más profundas, mejor.
¿Quién se las había dado? ¿Quién las había recogido? ¿Quién había empezado? ¿Por qué medio conseguían vibrar y saltar, de veinte en veinte, por encima de las cabezas, como si fueran relámpagos? Nadie podía decirlo, pero se repartían fusiles, cartuchos, pólvora y balas, barras de hierro, palancas, cuchillos, hachas, picas y todas las armas que un ingenio demente fue capaz de inventar o encontrar. Los que no encontraban otra cosa arrancaban las piedras y los ladrillos de las paredes; Saint Antoine tenía fiebre, y cada una de sus criaturas estaba en su delirio dispuesta a sacrificar su vida.