Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Así como en un remolino las aguas se precipitan hacia el centro, la multitud se agrupaba en su vértigo en torno a la casa del tabernero; cada una de las gotas humanas que formaban esa ola hirviente era atraída hacia el punto donde monsieur Defarge, manchado de sudor y de pólvora, daba órdenes, distribuía fusiles, rechazaba a este, llamaba a aquel, desarmaba a uno para armar a otro, y agitaba los brazos en medio del tumulto.

—No te alejes —decía a Jacques tercero—; Jacques primero y Jacques segundo, separaos y colocaos a la cabeza de un grupo de patriotas. ¿Dónde está mi mujer?

—¡Aquí! —respondió madame Defarge, tan impasible como siempre, aunque aquel día no hiciera punto. En vez del algodón y de la aguja, su mano empuñaba un hacha, y colgaban de su cintura una pistola y un cuchillo cruelmente afilado.

—¿Adónde vas? —le preguntó su marido.

—Con vosotros —respondió—; me pongo al frente de las mujeres.

—¡Estamos preparados; marchemos! —gritó Defarge con voz de trueno—. Patriotas y amigos, ¡a la Bastilla! ¡A la Bastilla!


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