Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Como si la voz de toda Francia hubiera pronunciado esta palabra execrada, el mar viviente se alzó rugiendo, ola sobre ola, sima sobre sima, e inundó la ciudad hasta aquel punto. Al tañido de las campanas tocando a rebato, al redoble de los tambores, a la voz atronadora del mar furioso que rompía en su nueva orilla, empezó el ataque de los profundos fosos, del doble puente levadizo, de los recios muros, de las ocho grandes torres, de los cañones y de los fusiles.

A través del fuego y del humo, y hasta en medio del fuego, se veía a Defarge a la cabeza de los sitiadores. El oleaje le había arrastrado hacia un cañón, y al instante se convirtió en artillero, y durante dos feroces horas el tabernero Defarge fue un soldado valiente.

Delante de la turba furiosa quedaban aún un foso, un puente levadizo, muros de piedra, ocho grandes torres, cañones y metralla.

—¡Adelante, compañeros! ¡A ellos, Jacques primero, Jacques segundo, Jacques tercero, Jacques quinientos, Jacques veinte mil! ¡En nombre de los santos o en nombre del diablo, según a quién adoréis, a ellos! —gritaba el tabernero sin separarse del cañón que estaba ya caliente.

—¡Mujeres, seguidme! —gritaba también madame Defarge—. Cuando sucumba la plaza, también nosotras, igual que los hombres, podremos matar.


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