Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades ¡Una bandera blanca en la fortaleza y después un oficial! Apenas se le distinguía a través del humo y no se oía nada de lo que su voz decía. De pronto el mar furioso se extendió y alzó, arrastró a Defarge y lo llevó más allá del puente levadizo, dentro de los sólidos muros, dejándolo en medio de las grandes torres que al fin se habían rendido. La fuerza que lo arrastraba era tan irresistible que no pudo volver la cabeza ni recobrar el aliento hasta encontrarse en el patio de la Bastilla. Apoyado en la pared, hizo un esfuerzo y echó una ojeada. Jacques tercero estaba a su lado, y madame Defarge, siempre a la cabeza de las mujeres, cuchillo en mano, a poca distancia.
Todo era estruendo, griterío, alegría delirante, loca embriaguez, ademanes desenfrenados.
—¡Los presos!
—¡Los archivos!
—¡Los calabozos!
—¡Los instrumentos de tortura!
Pero de todos estos gritos y de otros mil que profería la turba, el único que se repetía era el que reclamaba a los presos; y el mar entró en la cárcel, como si la eternidad existiera para el suplicio lo mismo que para el tiempo y el espacio, y debiera volver a encontrar entre aquellos muros a todos los cautivos que habían encerrado.