Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Las primeras olas arrastraron con ellas a los empleados de la cárcel, amenazándolos con la muerte si quedaba un solo rincón que no les enseñasen. Defarge prendió a uno de los carceleros, un hombre canoso que llevaba una antorcha en la mano, lo apartó de la multitud y lo arrinconó contra una pared.
—Llévame a la Torre Norte —le dijo.
—Venid —respondió el carcelero—, pero no encontraréis allí a nadie.
—¿Qué significan estas palabras: 105, Torre Norte? —preguntó Defarge—. Responde pronto. ¿Se refieren al preso o a su calabozo? ¡Responde… o mueres!
—¡Mátalo! —gritó Jacques tercero mientras se acercaba a ellos.
—Es el calabozo.
—Enséñamelo.
—Por aquí, señor, por aquí.
Jacques tercero, evidentemente decepcionado por la conclusión pacífica del diálogo, tuvo que ceder a la orden de Defarge, que se apoderó de él como se había apoderado antes del carcelero. Habían tenido que aproximarse y gritarse al oído, y apenas habían podido entenderse en medio del tumulto que invadía los patios, los corredores y las escaleras; mientras tanto fuera de la cárcel la gente atacaba los muros y destacaban entre los rugidos aclamaciones lanzadas al aire como la fina espuma de las olas.