Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Defarge, su amigo y el carcelero recorrieron rápidamente sombrías bóvedas donde jamás había entrado la luz del sol, cruzaron puertas de asquerosas cavernas, bajaron escaleras tenebrosas, y después escalaron entre dos paredes surcos que parecían el enjuto álveo de un torrente. La multitud los siguió al principio; pero, cuando subieron la escalera de caracol que conducía a lo alto de la torre, no solo no los seguía nadie, sino que el fragor de la tempestad no era ya para ellos más que un débil murmullo, como si los hubiera ensordecido la violencia del huracán.
El carcelero se paró delante de una puerta baja, metió la llave en una cerradura que rechinó, y dijo, empujando la puerta con esfuerzo:
—Este es el numero 105.
Un agujero cuadrado, defendido por una doble reja de hierro, abierto en lo alto de la pared y oculto por ladrillos en las tres cuartas partes de su diámetro —de modo que para ver el cielo había que tumbarse en el suelo, al pie de la pared, y alzar la mirada—, servía de ventana a aquel sitio maldito. Había en él una pequeña chimenea cruzada por enormes barrotes a menos de un metro del suelo; quedaba aún en ella un montón de ceniza fría, y un banquillo, una mesa y un jergón formaban todo su mobiliario. Las cuatro paredes estaban ennegrecidas, y en una de ellas había una anilla de hierro oxidada.