Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En medio de aquellas bocas que aullaban y de aquellas caras convulsas que rodeaban al director de la prisión, a quien solo se le reconocÃa de lejos por su uniforme azul y su cinta encarnada, se destacaba una mujer de rostro impasible.
—¡Allà está mi marido! —gritó, señalando al tabernero.
Después se acercó al anciano funcionario; estuvo a su lado hasta que empezó a salir el cortejo; no se separó de él en las calles por las que lo condujo un grupo de patriotas capitaneados por Defarge; siguió también a su lado tranquila y frÃa cuando empezaron a herirlo, y siempre impasible mientras la sangre le brotaba a raudales, y tan cerca de él, en fin, cuando cayó que, animándose de un furor súbito, le puso el pie sobre el cuello y le cortó la cabeza con un cuchillo afilado.
HabÃa llegado la hora en que Saint Antoine iba a colgar hombres donde colgaban los faroles para demostrar quién era y quién podÃa ser. El arrabal tenÃa la sangre hirviendo, mientras la sangre de la tiranÃa se helaba en la puerta del Hôtel de Ville, donde yacÃa el cadáver del director de la prisión, y bajo el pie de madame Defarge, que habÃa sujetado con la suela de su zapato el cuerpo de la vÃctima para mutilarlo más fácilmente.