Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Miró amenazante al carcelero, se metió en la chimenea, alzó la mirada, rompió los barrotes y golpeó en las paredes. Se desprendió un poco de polvo y de cal y, después de volver la cabeza para evitar que le cayesen en los ojos, registró minuciosamente las cenizas, las aberturas, los agujeros y las más insignificantes rendijas.

—¿No has encontrado nada en la madera ni en la paja? —preguntó Jacques.

—Nada.

—Junta todo eso en medio del calabozo y pégale fuego —le dijo al carcelero.

Este acercó la antorcha al montón de paja y de astillas de madera podrida y todo ardió inmediatamente.

Agachándose entonces para cruzar la puerta baja, se dirigieron por el mismo camino al patio de la fortaleza, y parecieron recobrar el oído a medida que se acercaban al mar bravío. Lo encontraron agitándose con rabia, llamando a Defarge con sus rugidos. El arrabal de Saint Antoine quería que su tabernero se pusiese a la cabeza de la tropa encargada del director de la prisión. De otro modo, aquel hombre que había defendido la Bastilla y disparado contra los patriotas, no llegaría al Hôtel de Ville, donde lo esperaban sus jueces. De otro modo, el director de la prisión se salvaría. De otro modo, la sangre del pueblo, después de tantos siglos de desprecio, quedaría sin venganza.


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