Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Todos los brazos desnudos y flacos que habían estado sin trabajo más de una vez sabían que, a falta de otra ocupación, podían hacer daño, y los dedos de las mujeres habían adquirido por experiencia el conocimiento de que, igual que sabían hacer punto, podían desgarrar. Se había producido una transformación profunda en la apariencia aspecto de Saint Antoine: hacía siglos que se trabajaba allí sin descanso con este propósito, pero los últimos martillazos habían dado a su expresión un aire muy poderoso.
Madame Defarge lo advertía con un sentimiento de satisfacción reprimida, como correspondía a la cabeza de las mujeres del barrio. Una de sus colegas hacía punto a su lado: era la obesa y colorada mujer de un pobre droguero, madre de dos hijos, y que en el desempeño del cargo de segunda de la tabernera se había conquistado ya el halagador sobrenombre de la Venganza.
—¿No oyes? —decía.
Como un reguero de pólvora que desde el extremo del barrio hubiese prendido de pronto frente a la puerta de la taberna, se iba acercando un murmullo creciente.
—Es Defarge —dijo la tabernera—. ¡Silencio, patriotas!
Defarge entró sin aliento, se quitó el gorro rojo, mirando a uno y otro lado.
—¡Escuchadle! —dijo su mujer.