Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Un profundo silencio siguió al tumulto. Defarge y su mujer se miraron. La Venganza bajó la mirada, y se oyó el sordo redoble de un tambor debajo de la mesa.
—Patriotas —dijo el tabernero con voz firme—, ¿estáis preparados para seguirme?
Madame Defarge se puso el cuchillo en el cinturón, resonó el tambor. La Venganza, agitando los brazos sobre la cabeza como las cuarenta Furias a la vez, empezó a llamar a gritos de puerta en puerta enardeciendo a las mujeres.
Los hombres, con terrible cólera, se asomaron a las ventanas, cogieron las armas y salieron rápidamente a la calle. Las mujeres, con una pinta que habrÃa helado de espanto a los más osados, dejaron las ocupaciones a las que las sujetaba la pobreza (sus hijos, sus padres y sus enfermos que yacÃan desnudos y hambrientos en duros jergones) y corrieron con los cabellos despeinados, embriagándose de odio, aullando como salvajes y aumentando con furia su delirio: «¡El odioso Foulon está preso, hermana! ¡El infame, el perro, el hijo del diablo está preso, madre!».
Y corrÃan desgarrándose el pecho y mesándose los cabellos.